Sábado, 04 Agosto 2018 00:00

Cada vez somos más Ifigenia

 
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Teresa de la Parra, uno de los referentes máximos de la literatura venezolana Teresa de la Parra, uno de los referentes máximos de la literatura venezolana Foto cortesía El Carabobeño

María Eugenia Alonso… Me es tan fácil identificarme con ella; no sé si es porque ambas hemos sido sobreprotegidas, tal vez porque estuvimos en un colegio de monjas o tal vez porque somos la, hoy ya no tan atípica, mujer que no encaja con lo que se espera de ella. La mujer que no disfruta de la cocina, de las tradiciones, que no sueña desesperadamente con casarse y que siempre pregunta el porqué de las cosas, algo que les choca a los machistas camuflados: ese estilo de mujer que en la Venezuela del siglo XX era casi hereje. Es en ese contexto en el que aparece Teresa de la Parra con esta polémica propuesta que hoy escudriño, su novela Ifigenia (de 1924) y lo que ella misma denominó “feminismo moderado”.

La vanidad de la mujer es muy antigua, mira que gastar toda tu herencia en ropa suena a algo que solo una chica de dieciocho años haría ¡Y, oh sorpresa, soy una chica de dieciocho años! He vivido esa situación -en la que gasto hasta lo que no tengo en prendas y maquillaje- miles de veces, sin pensar, sin preocuparme. Es tan inmaduro, pero se siente tan bien. Sin embargo, las desventuras económicas de María Eugenia, inopinadamente  empobrecida, no son lo más llamativo de Ifigenia, sino su capacidad para sobrellevar los pensamientos y buenas costumbres que intentan empoderarse de su conducta, claramente definida por sus días en París.

¿Qué más motivos necesitas para sentirte flechado por un libro que el hecho de vivir las mismas situaciones que su protagonista? Es un regalo idóneo atrapado en cómodas páginas del lector virtual.

Literatura contra prejuicios 

La llamada rebeldía es un término relativo. Cada quien tiene un concepto más o menos similar de lo que es, pero sus límites son determinados por cada persona. La rebeldía no es más que el resultado del funcionamiento de las neuronas. Se necesita mucho más criterio para rebelarse ante algo que para aceptarlo. Atribuyo a esto el hecho de que ninguna autoridad desea que exista la rebelión, porque significa que esas personas están pensando, y lo que es peor: sus pensamientos no se compaginan con los de ellos. Esta es la situación que impregna Ifigenia; una rebelde que se enfrenta a una sociedad, plagada de costumbres e ideologías que no alcanza a comprender, y que, por lo mismo, no puede apoyar. Estas actitudes, según los antagonistas de la historia, no son más que el resultado de las malas influencias a las que María Eugenia estuvo expuesta y deben ser modificadas por una actitud más sumisa, y también más coherente con su nueva realidad -sus gastos exagerados y sus pensamientos liberales son causantes de su primera pelea con tía Clara y Abuelita-.

El hecho de que el personaje principal sea una rebelde no está a discusión, pero debemos cercenar la connotación negativa que se le da a esta palabra: que alguien sea rebelde no implica que sea antisocial, agresivo o conflictivo; implica tener una irreverencia crítica. Es la capacidad discerniente de formular opiniones, ideas y modelos de conducta según nuestras experiencias y convicciones y no aceptar las que nos son impuestas: esas que no nos explican y simplemente nos dicen qué debemos hacer o pensar. María Eugenia no acepta lo que no se le explica, tiene la capacidad de replicar ante todo y este desacato es lo que le brinda ese estilo cautivador a la novela. Es una mujer muy inteligente, he ahí el motivo de su rebeldía y su necesidad de analizar cada situación, pero su inteligencia parece no llevarla más allá de sus reflexiones, de añorar no estar sometida a los paradigmas impuestos por otros, sin embargo, parece terminar siempre aceptando su situación y adaptándose a ella. Vive rodeada de prejuicios, estándares y es sometida a lo que se espera de ella; lo cual le es bastante complicado luego de haber sido por unos escasos momentos una mujer independiente. Cuando se prueba la libertad es prácticamente imposible no recordarla y someterse a las voluntades de otros.

Caracas en 1921 nos brinda una cultura denominada, por la misma protagonista, “medieval”, llena de prejuicios. Un abanico de costumbres y tradiciones que diferencian a las señoritas “decentes” de aquellas que pertenecen “al mundo”; donde lo más importante para una joven es casarse “bien” -entiéndase: casarse con un hombre que tenga fortuna propia-. No está bien visto que las mujeres trabajen, y para Abuelita es impensable que su nieta, una señorita decente, asista a la universidad que además es prácticamente solo para hombres. Esto conforma uno de los prejuicios que se combaten en toda la obra: el machismo, que es una de las aristas del sexismo.

Los “nuevos derechos que la mujer moderna debe adquirir” los debería conseguir “no por revolución brusca y destructora, sino por evolución noble que conquista educando y aprovechando las fuerzas del pasado....”, enfatizó Teresa de la Parra, cuando, en los últimos años de su vida, se le preguntó por Ifigenia.

De la boca de María Eugenia salen verdaderas barbaries al criterio de abuelita, sus comentarios y opiniones, tan francas, son el motivo de que la obra fuera tan criticada en su momento, mas hoy en día son el reflejo de la genialidad de la autora, además, son sus opiniones francas lo que hacen que el personaje pueda trascender hacia el lector, así que puede hacerse la conjetura de que se logró el objetivo; además De la Parra promovía un feminismo pacífico, haciendo llamado a la preparación de la mujer; estas ideas se han distorsionado, cayendo muchas veces en un feminismo agresivo e irrisorio que ha perdido credibilidad con el paso del tiempo.

Ifigenia y los roles de género 

María Eugenia es una mujer vanidosa. Sabe que tiene la capacidad de provocar admiración en los hombres y lo disfruta mucho. Luego de su metamorfosis parisina, adquiere una seguridad que puede confundirse con narcisismo.

Sin embargo, pese a su belleza, ansía destacarse en la vida por su talento y conocimientos -además de bella, ella misma se considera muy inteligente-. He ahí lo que mueve la obra, su conflicto con las tradiciones y su capacidad para contrariar todo lo que se le ordena. En una medida menor, sigue sucediendo con aquellas mujeres que no encajan con los parámetros que son impuestos por la sociedad. En la novela, el físico se considera lo más importante, la presentación y la sumisión son rasgos que, según Abuelita, la protagonista debe tener para conseguir un esposo; considero que esto sigue vigente en la sociedad, y es un estereotipo estúpido y de muy mal gusto. La mujer es dueña de sí misma y no tiene que estar relegada a los oficios domésticos. Mucho menos debemos depender de la llegada de un hombre que se fije en nosotras. La realización de un hombre es tener fortuna propia; y la de una mujer, es casarse con un hombre que tenga fortuna propia: esto es lo que se presenta en la novela y lo que intentan infundir en la protagonista. La mujer tiene un rol bastante pasivo en la conquista, su papel se limita a dejarse “elegir” por algún hombre y si cumple con las condiciones requeridas, aceptarlo.

“Educado, muy correcto, muy inteligente, sumamente culto, no tiene ningún vicio, es doctor en leyes, senador de la República, director de un ministerio, tiene muy buena posición monetaria, pertenece a una familia honrada, ha sido buen hijo, es buen hermano”, es la definición del tío Eduardo sobre César Leal, pretendiente que toda la familia se une para imponerle a María Eugenia.

“Yo creo, señora, que en la vida el hombre debe conducirse siempre: ¡como hombre! y la mujer: ¡como mujer!”, viene siendo una de las frases más resaltantes del libro, en la cual, los roles de género se presentan de una manera tan marcada como arbitraria. Es imposible saber con exactitud a qué se refiere con: conducirse como mujer, pero es muy fácil inferir que se refiere a que la mujer debe sujetarse a lo que su marido le ordene. Frases como esta siguen escuchándose en muchos países latinoamericanos, que conservan una mentalidad sexista, y es aún más preocupante el caso de países como Irán en el cual sigue existiendo la desigualdad salarial -una mujer cobra hasta 75% menos que un hombre-. Ifigenia engloba todos estos problemas, y presenta de una manera lacónica lo que se vive en una sociedad sexista y como las mujeres pueden ser supeditadas por creencias histriónicas -como el caso de tía Clara y Abuelita-.

La mujer objeto 

En el contexto en el cual transcurre la novela, la sociedad asume a la mujer como un objeto: pasiva, sumisa y sumamente dependiente, además de tener el deber de ser moralmente intachable -concepto en el que Abuelita tiene a María Antonia-. Lastimosamente, muchos de estos criterios se mantienen actualmente, la sumisión parece ser un rasgo muy valorado en las mujeres; aquellas que son independientes, espontáneas, irreverentes, suelen ser criticadas.

Con la tecnología ha llegado un nuevo elemento a la sociedad, más allá de los parámetros impuestos por sus miembros, la publicidad y los medios de comunicación marcan un canon fijo para la creación de estereotipos y prejuicios, muy insistentemente, dirigidos a las mujeres; De la Parra, en mi opinión, hubiera sido una gran detractora de las vallas publicitarias que muestran cuerpos y vidas perfectas, bastante alejadas de la realidad, que presentan a la mujer como un objeto decorativo, un trofeo que lucir y no como alguien que puede escoger y forjar su propio destino; así que a pesar de todos los avances que hemos logrado, creo que el feminismo moderado aún no ha calado totalmente en las bases de la sociedad globalizada en la que ahora vivimos.

Ifigenia como aporte para la literatura

La novela es una obra heterogénea. Cuenta con muchos puntos de posible análisis y que pueden ser desarrollados de manera extensa; la crítica social está muy presente: en esa época la dictadura de Juan Vicente Gómez imperaba en Venezuela, y el libro contiene una crítica a la sociedad venezolana. Fue una obra duramente criticada por su mensaje liberal, feminista, que la convirtieron en una de las novelas más destacadas.

Ifigenia cuenta con un ritmo maravilloso, sus descripciones son amplias y el texto epistolar me parece bien logrado. Me entristece ver que muchos puntos que son atacados en la novela siguen sucediendo. El matrimonio, en mi perspectiva, sigue basándose en la conveniencia en muchos casos, y no en el amor, debido a la cultura que se nos impone en la crianza.

Además, pese a la creencia de que existe una igualdad de género, no creo que sea del todo cierto; en Venezuela sigue existiendo un profundo machismo y un rol de género marcado para las mujeres, que cada vez se vuelven más Ifigenia. El personaje de María Eugenia pese a su inmadurez, su banalidad y, al final de la novela, la sumisión que muestra, me parece un ejemplo maravilloso para la joven actual: viajar, conocer, estudiar y descubrir el mundo debería ser la meta de cualquier mujer joven; no el de ser un objeto decorativo, bello, sumiso… todas estas características que, no solo la sociedad del siglo XX, sino también la de este siglo, sigue planteando.

Teresa de la Parra podría considerarse la primera feminista venezolana. Su libro fue considerado por los nobles de la época como una lectura “volteriana, pérfida y peligrosísima en manos de las señoritas contemporáneas (https://www.elcambur.com.ve/elcambur/identidades/teresa-de-la-parra-la-primera-feminista-venezolana)”  y así se ha calificado, y censurado, a muchas lecturas que no contenían más que realidades que se oponían a lo que era la creencia popular- podemos recordar en el auge de la revolución científica el libro Diálogo sobre los principales sistemas del mundo-.

La literatura  permite escrutar en realidades y conceptos que no conocemos. Muchas veces estos son intrínsecos pero nunca te habías permitido ahondar en ellos. Ifigenia fue criticada y denominada “pérfida” por una sociedad a la cual no le convenía que se popularizaran estas ideas. Y no es la primera vez que se censura una obra literaria por enviar un mensaje, verdadero, que revoluciona y que ahonda en un punto de vista innovador. La literatura puede revolucionar el pensamiento, romper esquemas y solo necesita de un lector ávido. Por ende, creo que no hay nada más peligroso para una dictadura que un buen libro en manos de un rebelde. Esto pasó cuando esta obra llegó a manos de mujeres capaces, que no se habían percatado de su situación. El conocimiento nunca representa peligro, pero fomenta esa irreverencia crítica antes mencionada. Un buen libro te hace ver realidades que no estaban a tus ojos, conmociona tus criterios y te permite hacer deducciones propias. Esto pone en peligro esa supeditación que necesita un opresor. Ifigenia no era un peligro: hacía su papel como un buen libro, un buen libro que irrumpió una dictadura.

Entre tantos libros, ¿por qué Ifigenia? 

En una lista de autores, bastante extensa, apenas se asoma el nombre de algunas mujeres; la mayoría iba a escoger a los más populares, en especial a nuestro favorito según mi profesor de Literatura: Gabriel García Márquez. Las autoras poseen una sensibilidad maravillosa y son capaces de presentar de una manera ecléctica cualquier realidad, por eso quise elegir a una mujer: Teresa de la Parra, feminista del siglo XX y fiel defensora de la igualdad de género. Ifigenia, ciertamente, es atemporal, tiene la fuerza para despertar algo en una mujer que lo lee muchos años después de su publicación, y describe de manera puntual a la mujer joven de cualquier época; elegí Ifigenia porque es capaz de hacerte sentir algo, porque te envía a esa Caracas que es descrita en cada página y casi puedes oler los naranjos del patio de Abuelita, pero sobre todo, Ifigenia es capaz de despertar en el lector unas ganas inmensas de crecer, de no perder el tiempo y de atreverse a vivir. Presenta muchos personajes a los cuales la vida se les pasa tejiendo, y una heroína con desmedidas ganas de aventurarse a la vida; nada podría asemejarse más a la situación actual de cualquier joven venezolano que desea progresar en el auge de una dictadura. Mujeres y hombres, en este estado de subordinación, cada vez somos más rebeldes: cada vez somos más Ifigenia.

Este ensayo es el trabajo final de la Cátedra Literatura y Comunicación, de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB Guayana. Su autora es estudiante del segundo semestre

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